"Mi lema: si está rico, desconfía".
Eso lo escribió una chica en el chat durante una clase parecida a la que tú viniste el jueves.
Y se refería a que si algo está muy bueno cuando lo comes…seguro que no es sano.
No pude evitar quedarme pensando en esa frase.
Porque aunque no estoy nada de acuerdo con ella, entiendo perfectamente por qué lo piensa.
Desde siempre nos han hecho creer que lo saludable es enemigo del disfrute.
Que cuidarse significa:
Sufrir.
Hacer dieta.
Pasar hambre.
Renunciar a lo que te gusta.
Y comer:
Lechuga.
Verduras hervidas sin sabor.
Pollo o pescado a la plancha.
Poco más.
De hecho, sé que muchas de vosotras también lo pensabais antes de probar los platos del menú del reto.
Porque en la clase no parábais de decir cosas como:
"Madre mía, Lucía, no me imaginaba que me fueran a gustar tanto las recetas".
"Oye, me ha sorprendido muchísimo el menú… para bien".
O incluso:
"¿Cómo algo sano puede estar tan rico?"
Y aquí está la clave.
Claro que no te van a gustar unas judías verdes blandurrias.
Ni a mí tampoco.
Pero cuando las cocinas con gracia…
Cuando le añades sabor, un mix de especias o una salsita…
La cosa cambia (y mucho).
Por eso, cuando alguna me decía al ver el menú:
"Uy, es que a mí esto no me gusta…"
Os dije: pruébalo primero.
Porque el problema no es la verdura o el alimento que sea.
El problema es la forma en la que hemos aprendido a cocinarlo.
Y, sobre todo, hay otro motivo importante.
Como vimos en la clase del jueves, la industria alimentaria—la misma que la del tabaco— no solo lleva años haciéndonos creer que lo sano no está rico.
Sino que también ha diseñado productos muy adictivos para que no puedas dejar de comerlos.
¿Cómo lo han conseguido?
Usando aditivos como el glutamato monosódico, que recrean ese sabor umami tan gustoso del que hablamos en la clase… pero de forma artificial.
Así activan una sensación de placer inmediato en el cerebro.
Y claro…
después pruebas un brócoli hervido y te sabe a nada.
Pero no es que lo saludable no tenga sabor.
Es que tu paladar se ha acostumbrado a esos sabores artificiales.
Sabores diseñados para enganchar.
Pero tiene solución.
Y es aprender a convertir todos tus platos saludables… en auténticos platos de restaurante.
Para que pasen de sosos… a muy deliciosos.
(Ojo: sin complicarte la vida. No hace falta ser un chef de estrella Michelin).
Porque cuando comes sano desde el disfrute, ya no hay vuelta atrás.
Ya no quieres otra cosa.
Y esa es la clave.
Este es también el motivo por el que las dietas superrestrictivas no funcionan.
No se sostienen en el tiempo.
Pasas hambre.
Comes cosas que no te gustan solo para llegar a un peso concreto.
Y claro…eso no te hace feliz.
El objetivo no es sufrir para cuidarte.
El objetivo es comer mejor para sentirte mejor.
Tener más energía.
Y, al mismo tiempo, disfrutar mientras lo haces.
Porque eso también es salud.
Mira lo que dice una de mis alumnas:
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