Cada Navidad hay una receta que siempre me pedís.
Bueno, muchas… pero esta especialmente.
Me la habéis pedido en cajitas de encuestas de Instagram, por email, en talleres…
Da igual el tema del que estuviéramos hablando, siempre aparecía alguien con la misma pregunta:
"Lucía, ¿cuándo nos vas a enseñar a hacer churros caseros sanos para Navidad?"
Y yo siempre respondía algo así como:
"Es que no sé si los churros son muy navideños…"
Pero este año, mientras pensaba cómo actualizar el curso Dulces navideños, porque ya sabes que siempre quiero incluir recetas nuevas, mi equipo volvió a recordármelo.
Así que me paré de verdad a pensarlo.
Y he cambiado totalmente de opinión.
Ahora estoy dentrísimo de que los churros son navideños.
Porque vale, yo no soy de comerlos el día 1 de enero, como me habéis contado la mayoría.
Pero sí que pegan muchísimo en esas mañanas frías de diciembre.
O después de ir a ver las luces de Navidad con un buen chocolate caliente.
Así que me puse a hacer pruebas como loca.
Hasta que he conseguido los mejores churros sanos del planeta.
Son superfáciles de hacer.
Tardas menos que en bajar a la churrería a comprarlos.
Y están igual de ricos, o más, pero con una diferencia enorme: después de comerlos te sientes fenomenal.
Nada de pesadez.
No llevan harinas refinadas.
Ni grasas de mala calidad.
Y son sin gluten, para que todo el mundo pueda disfrutarlos.
Tienen ese punto crujiente por fuera y tierno por dentro que hace que digas: "Madre mía, pero qué es esto."
Están BUENÍSIMOS.
Cuando los probaron en casa volaron.
Mira qué pintaza tienen…
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