El otro día no me apetecía nada cocinar. A Iván tampoco.
Era la hora de cenar y estábamos vagos, vagos. No cansados… simplemente sin ganas. Ese típico momento de sofá en el que no quieres moverte ni hacer nada.
Y entonces dije: "¿Y si pedimos un Glovo?"
Entré en la app. Era lunes, casi todo cerrado y pocas opciones.
Hay veces que pido porque no tengo tiempo y tiro de un poke, que es de lo más sano que encuentras en estas aplicaciones de comida a domicilio.
Pero te repito: esta vez no era falta de tiempo, era pura desgana.
Estuve como 15 minutos enredando. Nada me convencía.
No había. Solo… mierdas.
En un momento dado, caí en la tentación: "Ya que estamos… de perdidos al río".
Y ahí estaba, a punto de pedir una hamburguesería carísima, que encima sabía que me iba a sentar fatal.
Además, mi hija se había dormido muy temprano ese día, agotada del calor y la piscina, ya sabes.
Y no tenía claro cómo pasaría la noche.
Entonces hice como una visualización rápida y chapucera:
"Ufff... la hamburguesa me va a sentar pesadísima. Voy a dormir fatal. No sé si Olivia se despertará en mitad de la noche. Dormiré poco, mal, y encima con inflamación. Como se despierte, yo estaré de mal humor por el cansancio… y se va a liar".
Vamos, que visualicé mis siguientes 24 horas hechas un desastre… por culpa de la hamburguesa.
¿Y qué hice?
CERRAR LA APP Y MOVER EL CULO.
Me levanté del sofá.
Y preparé una cena en 10 minutos con verduras y proteína. En verano, además, hay platos que se cocinan enseguida.
Después de cenar me sentí genial.
Y por la noche…
Pasó lo que imaginaba: noche de fiesta y fantasía. Olivia se despertó de madrugada sin pizca de sueño.
Peeero, la gran diferencia fue que, al día siguiente, a pesar de dormir fatal, nos levantamos genial y tuvimos un día maravilloso.
FIN.
Así de sencillo: cerrar una app y mover el culo.
Nuestros hábitos nos cuidan.
Nos convierten en mejores personas.
Nos convierten en la persona que elegimos ser.
En mi caso, alguien sana en todos los sentidos.
Y es en las pequeñas decisiones donde se esconden los grandes logros.
Yo también tengo tentación de pedir comida a domicilio cuando no tengo ganas de cocinar.
Pero si lo piensas, casi siempre pierdes más tiempo eligiendo, esperando a que te la traigan…
Y lo peor de todo es que, si la comida te sienta mal, te sientes peor. Y aparece la culpa: "¿Para qué lo hice?".
¡Ojo!
No estoy diciendo que haya que comer siempre sano ni evitar excepciones. ¡Para nada!
Al contrario.
Creo que para tener un buen equilibrio en la alimentación, en casa hay que comer bien, y fuera, fluir.
Y más ahora, que es verano.
Pero hay cosas que para mí son clave.
No es lo mismo comer mal por desgana o rutina, que hacerlo con consciencia y disfrute.
La perspectiva cambia.
Aquí siempre pongo el ejemplo del croissant:
Normalmente no los como. Pero si estoy de viaje, pasamos por una pastelería buenísima, y tienen un croissant crujiente, de mantequilla y calidad… aunque no sea sano ¡me lo pido!
De forma puntual, pero lo disfruto.
Eso sí, lo que jamás compraría sería un croissant cutre de un súper, y menos para tenerlos en casa.
TU CASA ES TU TEMPLO.
Y lo que pase fuera, hazlo con calidad y disfrute.
Espero que te sirva. Pero sobre todo, hagas lo que hagas: deja la culpa.
No te trates mal.
Y prioriza tu felicidad.
Un beso grande,
Lucía
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