La semana pasada estuve hablando por Instagram con Isabel, una de mis alumnas.
Y me decía que estaba deseando que llegara la Navidad.
Entre otras cosas porque el año pasado vivió un momento superfeliz con su familia y quería repetirlo.
Me contó que, después de apuntarse al curso Dulces navideños, decidió ser la encargada de llevar los dulces a las comidas familiares.
Preparó, con todo el amor del mundo, una bandejita con trufas, turrones, polvorones y mazapanes saludables hechos por ella.
Y a todos les encantaron.
"No llevaban nada de azúcar y, aunque a mi familia les encanta el dulce, ¡no dejaron ni uno de lo ricos que estaban!" me escribió, superilusionada.
Además, su sobrina es celíaca y no puede tomar gluten.
Su hijo no tolera los lácteos.
Y su madre es diabética.
Así que ver cómo toda su familia disfrutó a pesar de sus intolerancias, alergias o patologías sin preocupaciones, hizo que Isabel se sintiera superorgullosa por poder ofrecerles lo mejor.
A partir de ese momento, tuvo claro que cada año sería ella la encargada de llevar los dulces en Navidad.
Porque además le encanta meterse en la cocina a prepararlos pensando en hacer feliz a su familia.
Pero a Isabel, ANTES de apuntarse al curso, no le pasaba esto.
ANTES, cuando los centros comerciales se llenaban de dulces navideños, pensaba: "Venga, ooootra vez a resistir la tentación. ¡Qué difícil!"
ANTES, no se comía ni un polvorón aunque le gustasen por no tirar por tierra todo su esfuerzo comiendo sano durante el año.
Y cuando se los comía, porque el turrón de chocolate la miraba con ojitos desde la mesa, se sentía fatal.
Porque ANTES de apuntarse al curso, no sabía preparar turrones de todo tipo, mazapanes, polvorones, trufas Ferrero, bolitas de coco, Roscón de Reyes… como estos:
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